El reclutamiento más sangriento de Valencia

Un enfrentamiento entre el ejército y labradores por una leva se saldó con varias víctimas en agosto de 1801 en lo que hoy es la plaza Rodrigo Botet | Tres días más tarde, campesinos armados entraron en la ciudad por el antiguo portal de San Vicente, actual plaza de San Agustín

La Ciudadela de Valencia, en la plaza de Santo Domingo, en un grabado de Tomás López de Endíganos.
La Ciudadela de Valencia, en la plaza de Santo Domingo, en un grabado de Tomás López de Endíganos.

Hubo un tiempo no muy lejano en el que el paisaje de Valencia y el de sus alrededores estaba totalmente dominado por su reconocida huerta. Un tiempo en el que sus pobladores, ataviados con sus ‘saragüells’, trabajaban unos campos fértiles como pocos en el mundo. La imagen se antoja idílica, pero nada más lejos de la realidad. Aquellos humildes labradores vivieron durante siglos los abusos del Antiguo Régimen. Si surgían problemas económicos en el reino, pues a apretar -cuando no extorsionar- al campesino. Si se reunían para reivindicar unas condiciones más dignas, pues jarabe de palo recetado por el terrateniente de turno. Si los conflictos bélicos tocantes a la monarquía anunciaban derrotas, pues a proveer los ejércitos con la participación forzosa de los modestos labradores.

Así se entiende que, casi sistemáticamente, cuando alguna gota colmaba el vaso de su estoico carácter, apareciese una violenta sublevación suprimida, con la misma naturaleza serial, con mano dura por las autoridades. Y vuelta a empezar… Sin embargo, uno de esos motines pasó a la historia de Valencia. Es la efeméride de esta próxima semana. Aconteció en los días centrales del mes de agosto del año 1801. Es cierto que la revuelta que nos ocupa se había gestado semanas atrás a causa de una compleja coyuntura social y económica, pero el colofón fue la publicación de un reclutamiento forzoso de quintas en diversos barrios de nuestra ciudad. La guerra contra Inglaterra lo requería.

Hecha pública la convocatoria de un nuevo sorteo los días 11 y 12 de agosto, los acontecimientos se precipitaron la noche del 13: una turba agolpada en la plaza del Mercado decidió acompañar con insultos y alguna que otra piedra la retreta (el regreso nocturno al cuartel de las tropas dispuestas en la ciudad al son de la pieza musical que recibe este nombre) en dirección a la plaza de Santo Domingo. En el trayecto, los incidentes tomaron un cariz mucho más turbio cuando en la plazuela de San Jorge sonó un arma de fuego, y otra, y otra…

Una turba agolpada en la plaza del Mercado decidió acompañar con insultos y alguna piedra la retretaPep de L’Horta, hoy considerado ficticio, encarnaba el liderazgo de los levantamientos El Barón de Albalat, quien ordenó disparar el 13 de agosto, acabó despedazado

Aquellas muertes serían vengadas años más tarde de manera terrible, en una de las mayores carnicerías de la historia de nuestra ciudad vinculada a otra causa, pero no les destriparé el final.

Los ‘quintos’

Hasta hace cuatro días, el servicio militar era obligatorio. Si tienen más de 45 años sabrán sobre el asunto. Sin embargo, si preguntásemos a un joven, preferentemente urbanita, qué es un quinto, quizá su respuesta se decantaría por un botellín de cerveza. Por el contrario, si el joven interrogado tuviese contacto con un medio rural, es factible que supiera que el concepto de quinto antaño refería a los mozos que estaban a punto de incorporarse al servicio militar y que hoy se extiende genéricamente a los que se aproximan o alcanzan la mayoría de edad.

El origen de estos quintos se remonta a la llegada de los Borbones a principios del siglo XVIII, cuando se dictaminó el reclutamiento mediante sorteo de uno de cada cinco jóvenes en edad militar. El sistema se fue consolidando como método de configuración de milicias provinciales cuando el voluntariado no presentaba un número suficiente para cumplir las necesidades.

El pesado excurso resultaba imprescindible, dado que la última causa de los alborotos de 1801 fue precisamente esta. En un momento especialmente delicado para la sociedad valenciana (en evidente regresión económica), la imposición del modelo de reclutamiento se interpretó como una terrible merma de mano de obra joven, especialmente en el campo: de una manera u otra, los privilegios de las clases pudientes podían eximir a sus representantes de tan temido sorteo.

El anuncio a principios de semana de la detestada lotería, a celebrar el viernes 14 de agosto, desató una oleada de protestas populares, incluso aunque el número de puestos a cubrir fuera exiguo. La leva fue organizada por el Intendente-Corregidor de Valencia don Jorge Palacios Urdániz, apodado ‘Muntereta’, por llevar un particular sombrero. Desde entonces, la milicia que desfilaba por la ciudad recibía todo tipo de insultos.

La noche del 13 de agosto, quizá asustado, quizá arrogante, el teniente-coronel del regimiento de milicias provinciales Miguel Saavedra (Barón de Albalat) ordenó abrir fuego en la antigua plaza de San Jorge contra aquellos ciudadanos que intimidaban a sus hombres. Según las crónicas de la época tres amotinados fallecieron. Las cosas no quedarían así, empeorarían. Tres días después, «sonaría el caragol».

«Al so del caragol»

«Dumenche per la vesprada, setse de agost, en Jesús, Patraix, Rusafa lo caragol a tocar. Se chuntà la fadrinalla y después de nominar sujectes que els dirijiren, se varen encaminar al portal de Sen Vicent; y com estava tancat, arrancaren la estacada: En pedres, pichs y destrales volien rompre la porta…». El texto pertenece a una obra de la época donde se establecía un diálogo entre «els llauradors de l’Horta de València» sobre lo que pasó aquellos días en nuestra ciudad. Informa de manera solvente sobre el instrumento empleado para convocar las revueltas. Ya saben que hoy, con Facebook y Twitter, pueden montar un multitudinario pitote en un santiamén. Los labradores alborotados de aquella época se convocaban a través del toque de caracolas.

Para acercarse globalmente a los hechos conviene acudir a los estudios del ya fallecido catedrático de Historia de la Universitat de València Manuel Ardit Lucas, pues él hizo el acopio y la síntesis de la mayoría de fuentes sobre estos acontecimientos. Por él sabemos que aquel 16 de agosto fueron al menos tres los focos de la protesta. Por un lado, en la plaza del Mercado, los ciudadanos exigían la disolución de las milicias. Mientras, algunos campesinos se acercaban a la ciudad por la puerta de Serranos. El punto más caliente fue la desaparecida puerta de San Vicente, donde un importante número de labradores provistos con sus escopetas y venidos desde diversos puntos de la huerta (Patraix, Fuente de San Luis y Monteolivete) auguraban una tarde trágica.

Desconocemos cuántos campesinos acudieron a este último enclave, pero no sería una cantidad desdeñable si se tiene en cuenta que la citada puerta fue cerrada y su guarnición correspondiente puesta inmediatamente en armas. Les cuento esto porque, al igual que hoy, testigos directos de la época nos legaron cifras muy dispares (entre 100 y 5.000 labradores amotinados).

En lo que sí coinciden todos los testimonios conservados es en que el fuego se abrió desde el bando militar. Esos disparos provocaron otras tres víctimas entre los labradores, abatidos al pie de la muralla. Las noticias llegaron rápidamente a los oídos del Capitán General, Emanuele de Moncada, Príncipe de Monforte. Este se presentó en el lugar del choque y ordenó abrir las puertas, ante los vítores hacia su persona, confundidos con los que pedían la muerte de ‘Muntereta’, que huyó de la ciudad.

Libertad inmediata

El Capitán General, ante las previsibles y funestas consecuencias de mantener el reclutamiento forzoso, se comprometió a suprimir las milicias. Del mismo modo, el comportamiento virulento e incontrolable de los campesinos -reforzado por las bajas en sus filas- determinó que el Capitán General concediese otras de sus aspiraciones: la libertad inmediata para todos los amotinados retenidos y la eliminación de una carga fiscal de nueva creación que repercutía en el campesinado. No fue suficiente. Pocos días después quemaban un retrato y el carro del huido ‘Muntereta’. La casa del Barón de Albalat fue incendiada. También el cuartel de las milicias fue pasto de la furia campesina. Para colmo, el brote revolucionario se extendió por diversas localidades durante más de un mes. Decenas de pueblos de nuestra provincia, pero también Segorbe o Castellón de la Plana, secundaron esas protestas que, superado el conflicto del reclutamiento, transpiraban otras cuestiones. Destierros, seis penas capitales, y aquí no ha pasado nada. ¿O sí? A mediados de 1808, buena parte de la ciudad tomó la ciudadela, entonces en manos francesas. Acabaron con la vida de unos 400 súbditos de Napoleón. Una sangría de padre y muy señor mío cuya primera víctima fue el Barón de Albalat, aquel que años antes había ordenado disparar la noche del 13 de agosto. Fue despedazado. Su cabeza, sobre una pica, se exhibió por toda la ciudad antes de presidir la plaza de Santo Domingo. Aquel reclutamiento de 1801, además de las víctimas, legó poemarios, canciones y literatura popular, porque, sin duda alguna, formó parte de la historia de nuestros antepasados.