MADAME PRATS Y EL SOMBRERERO GARRIDO

MADAME PRATS Y EL SOMBRERERO GARRIDO
Para la sociedad distinguida valenciana de los últimos años del siglo XIX, la modista madame Prats y el sombrerero Garrido eran dos instituciones que habían logrado reunir en torno suyo a las familias que más bullían en la vida de sociedad , y hasta ejercer sobre ellas cierto despótico predicamento que las obligaba a supeditarse no pocas veces a sus deseos.
Madame Prats era francesa de porte distinguido y de trato muy afable. Había venido a establecerse en nuestra ciudad cuando aquí la industria “modistil” no había tomado grandes vuelos y acudían a Madrid y Barcelona y hasta a Paris, las señoras que mejor vestían. Lo que había en Valencia aran algunas costureras con ribetes de modistas, a las que se les trataba familiarmente y vivían con modestia. La nueva modista francesa se estableció en una buena casa, con salones de recibo, amables oficialas y precios muy elevados. Aquella novedad cayó muy bien. Verdad es que madame Prats era una excelente modista; estaba en constante contacto con Paris, de donde venían todas las novedades, y había que tratarla con toda clase de cumplidos y guardarle todas las antesalas precisas. No había vestido que bajase de 500 pesetas, tipo para aquellos tiempos verdaderamente extraordinario. Pero… ¿qué señora o señorita no caía en la vanidad de decir a sus amigas que la vestía la modista francesa? Aquello fue una revolución en esta industria, porque dio origen a que se determinase bien el límite entre costureras y modistas.

El sombrerero Garrido era el reverso de la medalla en cuanto a la finura de trato. Valenciano hasta la médula de los huesos, hablaba siempre en la lengua autóctona y lo hacía sin ambages ni rodeos, llamando pan al pan y al vino, vino. Tenía unas manos admirables para la confección de sombreros y un gusto exquisito. Antes de probar un sombrero ya anticipaba su juicio, que siempre era definitivo, y cuando la clientela le hacía alguna objeción, nunca le faltaba alguna frase de gracioso “velluter” para hacerla desistir de su empeño. Garrido no tuvo competidor durante muchos años. Por su establecimiento, un entresuelo, sin empaque alguno, pasaron varias generaciones, y aún le recordarán con gusto algunas de las “muy respetables familias de la alta sociedad valenciana” que entonces “pintaban algo”.

En la imagen podemos ver la moda valenciana a principios del siglo XX.

Articulo de:  Jesús Moya Casado