Un arma artera y cruel

Aunque hace ya tres décadas de la prohibición internacional de las minas antipersonas, estos artefactos diábolicos siguen causando centenares de víctimas en aquellos países que sufrieron la tregedia de una guerra o que aún la sufren. Las minas antipersonas son un arma barata, que se produce en masa y admite muchos tipos de espoletas. Hay, pues, minas de

tracción, de presión, de alivio de presión, de salto; hay minas de

plástico, indetectables, y hay minas pequeñas, que sólo buscan mitilar, y otras, como la Claimore norteamericana, que es capaz de matar a un pelotón de soldados. Los ejércitos regulares, sin el menor problema moral, sembraban campos de minas bajo reglas convencionales –entre ellas, señalizarlos y levantar planos de su disposición para poder levantarlos tras el final de las hostilidades–, pero con la generalización de las llamadas guerras revolucionarias, donde los actores son fuerzas guerrilleras e irregulares, las minas se convirtieron en un arma terrorista. Dispersas en caminos, campos de cultivos, accesos a puntos de agua, sus víctimas principales eran la población civil. En Afganistán, los rusos, durante los años de la ocupación del país, las dispersaban desde el aire. Tenían aletas y los niños, al principio, las confundían con juguetes. La comunidad internacional ha hecho grandes esfuerzos en labores de desminado, especialmente en África y en Centroamérica, pero aún queda mucho trabajo. Las minas, además, son arteras y pueden cambiar de lugar, arrastradas por las lluvias, o «desaparecer» temporalmente hasta que los vientos las despejan del polvo de años. El ya citado Afganistán, donde aún se siembran minas, algunas de factura artesanal, y Colombia, donde las guerrillas narcocomunistas las han usado profusamente, son dos de los diez países donde más víctimas se producen. En el mundo existen millones de minas ocultas, esperando para ser pisadas y provocar muerte y desolación. La mayoría son heridos, mutilados, porque las minas buscan, más que matar, herir para saturar los servicios sanitarios del enemigo y, valga el término, minar su moral.

Fuente: La Razón

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