Abstención, como castigo

Que la abstención lo cambia todo es un hecho. No ayer ni hoy, sino en todas las elecciones generales que han tenido lugar desde la democracia. Las victorias de Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez se consiguieron gracias a una participación que superó el setenta por ciento
–ochenta en el caso de la mayoría absoluta de Felipe en el 82–, mientras que las mayorías absolutas de José María Aznar y Mariano Rajoy se situaron en el 68 por ciento y en el 71,7 respectivamente. Cuando la izquierda se moviliza, la derecha pierde.

El 28 de abril el presidente del Gobierno en funciones Pedro Sánchez agitó el fantasma de Vox y consiguió un 75,75 por ciento, la participación más alta desde 2004 –la sexta más alta de la democracia– superando en nueve puntos la registrada en 2016. Pero como nada es eterno, el espectáculo que han dado las izquierdas en su no pacto –a diferencia de las derechas que han culminado con la investidura de Ayuso en la Puerta del Sol– ha desinflado sus expectativas de voto de cara a unas eventuales generales. Así lo señalaba la encuesta que publicaba este mes LA RAZÓN: la participación prevista ha pasado de aquel 75,7% al 67,6% por ciento en apenas tres meses. No resulta extraño. La gente, ante la incapacidad de los partidos para llegar a acuerdos, los penaliza o, al menos, deja de votar. Incluso, y según los datos del último «tracking» de agosto la abstención sigue subiendo.

Y me dirán: ¿pero no habíamos quedado que a Pedro Sánchez le interesaba la repetición electoral? Pues sí, siempre que se mantuviera la participación. Si esta baja, el resultado varía notablemente como señalaba la encuesta. Pero hay más.

Los datos negativos que acabamos de conocer del crecimiento trimestral de la economía alemana no solo han provocado un terremoto en las bolsas mundiales, sino que la desaceleración que ya nos anunciaban empieza a oler a recesión. Más leña que añadir al hartazgo de unos electores que, cada vez, encuentran más motivos para abstenerse ante la incapacidad de nuestros políticos de hacer frente a estas nuevas dificultades. Todos recordamos la última crisis. Cada vez se repiten con más frecuencia. Y nadie quiere volver a ellas.

Fuente: La Razón

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