Casado aguantará la marea interna

Pablo Casado era uno de los que más se jugaban este domingo. La dolorosa y traumática pérdida de escaños, de 137 escaños a menos de la mitad, no la compensa tampoco con tener al alcance el Gobierno. Su única posibilidad de éxito era ésta: perder, pero ganar sumando con Ciudadanos y Vox. La vía andaluza, aunque fuese con una salida mucho más incómoda que la que tuvo el popular Juan Manuel Moreno, ahora presidente de la Junta de Andalucía, porque la diferencia de escaños con sus dos potenciales socios fuese tan escasa que el pulso para negociar la investidura y la formación de un nuevo gobierno fuese una jugada de alto riesgo para su partido. La fragmentación se ha llevado por delante hasta esta posibilidad a pesar de que la movilización de la derecha haya sido histórica. El PP intentará mantener prietas las filas hasta las autonómicas y municipales, pero se le abre un incierto futuro político que afecta más a la esencia del proyecto que al propio liderazgo. Casado puede aguantar, lo hará, pero el PP tiene difícil recuperar posiciones de poder si no hay una refundación del centro derecha. Y Albert Rivera no va a colaborar en absoluto, si no que va a jugar a actuar como el líder de la oposición.

El líder popular ha tenido que librar esta batalla desde una situación de clara desventaja. Sin tiempo para reorganizar el partido heredado de Mariano Rajoy en julio y con una herencia a administrar llena de déficits. Su apuesta fue jugárselo al todo por el todo, y con la ayuda de su «dos», Teodoro García Egea, imponer en tiempo récord una profunda renovación de las estructuras orgánicas con el pretexto de la elaboración de las listas electorales. El sentido era doble, asegurarse el control del partido ante un mal resultado para blindar su liderazgo, y, además, hacer un primer y efectista lavado de cara a su partido para corregir su desgaste en imagen y algunas de las debilidades cronificadas en la etapa anterior.

Génova ha actuado con mano de hierro, lo que ha generado tensión y recelos, pero la ventaja de Casado es que sus posibles competidores se han quedado en el camino. La fuga a la actividad privada de la ex vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría no tiene marcha atrás, ni aunque ella quisiera. No tendría el apoyo del partido. La gestión de la derrota en el Congreso del PP consolidó su ruptura con la organización en la que llegó a serlo todo de la mano de Rajoy. Y en cuanto al presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, su influencia interna sigue siendo muy alta, y encarna el mismo espíritu centrista que el otro «barón» con mando, el andaluz Moreno, pero hasta en política hay trenes que una vez que se dejan pasar es complicado volverlos a coger. Pase lo que pase en las elecciones del mes que viene, que tampoco pintan bien, Génova ha aprovechado esta renovación para colocar a «peones» fieles en estructuras orgánicas decisivas.

Las renovaciones, y si son profundas, siempre dejan descontentos, y en el partido no hay consenso sobre la inspiración «aznarista» que marca al nuevo equipo nacional. Más que Aznar, lo que ha hecho Casado es rodearse en su «núcleo duro» de los dirigentes con los que tiene más afinidades o ha tenido un contacto más directo, que vienen, precisamente, del círculo del ex presidente del Gobierno o del PP de Madrid de la etapa de Esperanza Aguirre. Con estos resultados, la definición estratégica del PP queda abierta en canal.

La noche electoral coloca al PP ante una muy complicada travesía en el desierto, que puede verse agravada en función del efecto que tenga en mayo. La depresión interna se agrava y las críticas hacia la estrategia de Génova no trascenderán en público, pero sí se dejarán sentir de puertas adentro. Casado responderá con una llamada a la unidad y reivindicando su esfuerzo y su derecho a tener más oportunidades, igual que las tuvieron sus antecesores, Aznar y Rajoy.

Fuente: La Razón

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