El acervo común frente a la leprosería de los antepasados

Son 50 estrellas blancas desde el 4 de julio de 1960, después de que Hawái alcanzara la categoría de Estado el 3 de enero del 59. 7 rayas rojas y 6 blancas. Originalmente hubo guiños a la Union Jack. También bufaba la temible serpiente de cascabel. El crótalo que advierte con veneno y campanas a quienes ofendan a las antiguas colonias.

Cuenta la Enciclopedia Británica que el presidente William Howard Taft estandarizó, mediante decreto-ley y en 1912 las proporciones y tamaños de los distintos elementos. Taft, el único hombre que sirvió en el Supremo después de ejercer durante una legislatura como comandante en jefe, fijaba así las características de la enseña, a falta de que en 1934 y siendo presidente Franklin D. Roosevelt se «estandarizaran los tonos exactos de color». Pero la bandera de Estados Unidos, The star spangled banner –trapo glorioso en el infierno de Iwo Jima, himno abrasado por Jimi Hendrix en Woodstock, 1969, tela abraza por la letra de Francis Scott Key tras el ataque contra el fuerte McHenry en Baltimore por las tropas británicas en 1812, con música de John Stafford Smith de 1777, himno desde 1931–, carece de las connotaciones sacrosantas y/o tribales que los europeos atribuimos a nuestros emblemas. No digamos ya los españoles, que pueden distinguirse por la delectación del autoodio.

Recuerden con Joaquín Jambrina que «Oyendo hablar un hombre, fácil es saber dónde vio la luz del sol/ Si alaba Inglaterra, será inglés/ Si reniega de Prusia, es un francés/ y si habla mal de España… es español».

En EE UU, la bandera recibe el aprecio de unos ciudadanos comprometidos con los valores constitucionales. Gente de mil leches. Nacida en todo el mundo. Hijos de la diáspora. Prófugos de guerras civiles. Refugiados del hambre y la peste. Supervivientes de los pogromos. Pero libres e iguales y siempre dispuestos si fuera menester a poner la vida por la ley al tablero. Basta con salir a la calle, aquí en mi barrio de inmigrantes de mexicanos y hipsters que trabajan en la avenida Madison, que huele a arepa salvadoreña y es millonario en abejas, basta con pasear entre los restaurantes fetén de la Quinta Avenida en Park Slope, Brooklyn, o asomarse a las tumbas del cementerio de Green-Wood, repleto de héroes de la Guerra Civil, alcaldes corruptos, directores de la filarmónica y pandilleros que ardieron sobre sus motocicletas plateadas. Basta, decía, para entender que los estadounidenses mantienen una relación saludable con la bandera. La normal, sospecho, en un país que no flirtea con el abismo de la balcanización y que prefiere el acervo común a la leprosería de los antepasados y el culto al hueso. Luminosa, limpia de envidias, lustrada de respeto a los derechos del hombre, de los que luce como emblema, ondea en los balcones. Enhiesta en mitad de los surtidores de la gasolinera como un ciprés de don Gerardo. En el coche del tipo cuyo hijo sirve en los marines. En el jardín del antiguo votante de Obama, hoy espantado por la deriva de la Casa Blanca. En colegios e institutos, comisarías, hoteles y parques. Sobre el noble verde de Arlington y en la superficie lunar. Está la bandera de Washington D.C. y por supuesto la que han diseñado los jóvenes del Marjory Stoneman Douglas High en Parkland, Florida, los chavales del March For Our Lives y la petición para controlar la compra/venta de armas. Han diseñado una star spangled banner que, estampada en camisetas y sudaderas, sustituye las rayas y las estrellas por un código de barras; basta pasarle un smartphone y lleva al registro on-line donde inscribirse como votante en las elecciones legislativas del próximo 6 de noviembre.

Al españolito recién llegado también le llamará la atención que la bandera no está protegida. Según Texas v. Johnson, sentencia del Tribunal Supremo de 1989 de la que fue ponente el juez William Brennan: «No consagramos la bandera castigando su profanación, porque de hacerlo diluiríamos la libertad que representa este apreciado emblema».

Fuente: La Razón

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