El emperador y el que quiere serlo

Putin llegó una hora tarde embarcado en una limusina mayor que las que trasladan a los presidentes de Estados Unidos. No sabemos si en ese tiempo los asesores de Trump le recalcaron que no se dejara embaucar por el astuto ruso, especialmente en temas como el del desarme que el americano, que huye de los informes detallados, no se ha aprendido ni se va a aprender. Putin, poco puntual habitualmente, no varió su aparición ante el hombre más poderoso de la tierra. Sintomático. No tardaremos en saber si la cumbre, que ha puesto nervioso a más de un aliado de Estados Unidos, a la señora May, amén de a los dirigentes de los países bálticos, tal vez a Polonia, va a alterar el curso de las relaciones entre las dos superpotencias. Muchos políticos estadounidenses, incluso del partido de Trump, criticaban que se celebrase, sólo Putin tenía que ganar con el encuentro. Otros, entre ellos periódicos americanos que detestan al presidente, tenían que admitir muy a regañadientes que hablar con el inveterado adversario es inevitable para suavizar tensiones. Como el propio Trump ha dado a entender, con Obama todo habrían sido plácemes, «a mí se me critica aunque consiguiera» cosas extraordinarias de Putin.

En la agenda había temas importantes en los que la mano de Putin ha caldeado problemas internacionales: Ucrania-Crimea, Siria y la prolongación del acuerdo nuclear «New Start» que expira en 2021 y en el que los dos países se comprometen a no aumentar las 1.550 cabezas nucleares que cada uno posee. Seguirán hablando, Putin no lo mencionó en la rueda de prensa.

Más explícito fue el ruso en Crimea. Trump había manifestado días antes que en ese territorio todo el mundo habla ruso y Moscú había hecho enormes inversiones, miel para los oídos del Kremlin porque apuntan a que Washington podía aceptar el hecho consumado de su anexión, pero ayer Putin admitió que Trump le había dicho que pensaba que era parte de Ucrania. Él, Putin, no lo creía ni lo cree su gente. Aunque su Gobierno, al independizarse Ucrania y posteriormente, firmó que Crimea era ucraniana, ningún ruso, y más después del zarpazo de Putin, va a aceptar que no es rusa. ¿Habrán acordado los dos dejar pasar el tiempo y en el momento adecuado, como Trump hizo con Israel y el traslado de la Embajada a Jerusalén, admitir que Crimea se queda en Rusia? No es descartable; tampoco que el americano –en la mitad de la entrevista no hubo testigos– le propusiera que él olvidaría Crimea y suavizaría las sanciones a Rusia si Putin deja de incordiar en Ucrania.

Para los medios americanos, hoy, lo más importante de la reunión es que Trump intentara escabullirse en si Putin y sus «hackers» interfirieron en su elección difundiendo mensajes nocivos para Hillary Clinton. El americano ha repetidamente afirmado que hubiera o no mensajes dañinos para su rival él no tenía nada que ver con ello y su victoria fue clara y limpia. Lo que pasma un poco, aún conociendo la desfachatez y las tergiversaciones trumpianas, es que ante la pregunta de un periodista de si confiaba más en la negativa de Putin («Rusia no intervino») que en lo que afirman con rotundidad sus propios servicios de inteligencia, el presidente no quisiera tomar partido. La credibilidad de la negativa rusa es muy cuestionable, Hillary era odiada por el Kremlin y los cibernéticos rusos son muy eficientes.

El huracán Trump ha pasado por Europa sembrando el desconcierto. Dice, no totalmente en broma, que la UE, Rusia y China son enemigos de EE UU –peligrosa equiparación en el líder del mundo occidental–, trata a Putin con más deferencia que a May o Merkel, fulmina el legado de Obama con sonoros dicterios («han sido años de estupidez y tonterías»)… Equidistancia y descalificación que nos resultan familiares en la cuestión catalana. Habrá que esperar para dilucidar si la cumbre ha servido para algo serio o fue producto del ego del americano y del dejarse querer del ruso, sobrado por el excelente papel de su patria en el Mundial.

Fuente: La Razón

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