El «lavado de cara» de ETA se «olvida» de 99 víctimas, 24 de ellos niños

ETA mataba sin piedad, a veces por la espalda, en la nuca y a bocajarro; o distancia, con coches bomba o artefactos antimovimiento; y de otras maneras. La misma villanía que ha demostrado ahora cuando, a través del diario «Gara», se ha difundido una versión del último número de la revista interna de la banda «Zutabe» (el contenido íntegro se desconoce) en el que se «descuenta» 99 víctimas mortales. Dicen haber cometido 2.606 atentados con 758 muertos, cuando está acreditado que fueron 857.

Los terroristas, según expertos consultados por LA RAZÓN, han dado a conocer este documento dentro de la estrategia de «lavado de cara», en la que, como supuesto gesto de buena voluntad asumen ahora la autoría de la colocación de una bomba en una cafetería de la calle Correo de Madrid, en 1974, que causó la muerte de 13 personas; y el asesinato en 1981, en Tolosa, de tres ciudadanos a los que confundieron con agentes de las Fuerzas de Seguridad. Ya se sabía que habían sido ellos.

ETA, en un ejercicio de memoria selectiva y conforme a sus intereses, inicia el recuento, según se deduce de la versión de «Gara», cuando era una banda unificada y se ufana, como si se tratara de uno de los hechos relevantes que permitieron la llegada de la democracia a España, del asesinato del almirante Carrero Blanco, su escolta y su chófer. Incurren en una notoria contradicción al reconocer que la mayoría de las acciones criminales las perpetraron después de la dictadura y se lamentan de no haber logrado su objetivo: «La ruptura democrática».

De los 857 asesinatos que cometió la banda con sus distintas ramas, que respondían a un mismo objetivo separatista, han descontado 99 y reconocen la autoría de 758. Cabe suponer que, dentro de la citada estrategia, sólo asumen los crímenes cometidos por ETA cuando era una unidad y, después, por la rama «militar», y se olvidan de los perpetrados por los «polis-milis» y los «comandos autónomos», como si nada tuvieran que ver con el separatismo vasco de carácter terrorista.

Por otra parte, ETA, que tanto se ha mirado en el espejo del IRA, no ha querido hacer el ejercicio que protagonizaron los terroristas irlandeses, al marcar, con ocasión de los acuerdos de desarme, los lugares en los que estaban enterradas algunas de sus víctimas (las que no habían descuartizado). De esta manera, permanecerán en el misterio los lugares en los que hicieron desaparecer a dos miembros de la banda, Eduardo Moreno Bergareche, «Pertur»; y José Miguel Echeverría, «Naparra», de los «comandos autónomos» que, según un comunicado de esta organización criminal, corrió la misma suerte que «Pertur». Tampoco se han dignado señalar dónde están los cadáveres de los tres jóvenes trabajadores gallegos, Humberto Fouz Escudero, Jorge García Carneiro y Fernando Quiroga Veiga, que residían en Irún y decidieron ir a ver una película a San Juan de Luz en 1973. Nunca regresaron porque, según todos los indicios, toparon con pistoleros de ETA que los confundieron con policías y los secuestraron, torturaron y asesinaron.

En la versión en euskera que el «Gara» acompaña a su artículo y que sólo tiene 13 páginas (desde luego no parece el texto íntegro del «Zutabe») no se incluyen aparentemente cifras sino una referencia al «proceso interno de discusión», por lo que cabe deducir que habrá que esperar a la lectura del panfleto etarra para saber cómo explican el asesinato de 24 niños. De lo único que se han preocupado es de proclamar que ellos no fueron los autores de la muerte, en 1961, de la niña Begoña Urroz en una estación ferroviaria de San Sebastián. La intención, según las citadas fuentes, es clara: la primera de sus victimas tiene que ser un guardia civil, José Antonio Pardines Arcay asesinado el 7 de junio de 1978 en Villabona (Guipúzcoa), por los pistoleros Javier «Txabi» Etxebarrieta e Iñaki Sarasketa.

Tampoco dicen nada de las mujeres que asesinaron por el mero hecho de que vivían en casas cuartel de la Guardia Civil o, simplemente, pasaban por el lugar del atentado. Son decenas.

Otra contradicción manifiesta se produce cuando afirman que tras «el 11M se dio prioridad a las acciones con poco explosivo» y con «carácter simbólico».

El atentado contra el aparcamiento de la T-4 del aeropuerto de Barajas fue el 30 de diciembre de 2006.

La masacre de Hipercor es presentada por ETA como «el mayor error y desgracia», aunque culpan a la Policía por no haber desalojado el edificio. Evitarlo hubiera sido tan sencillo como no colocar la bomba.

Fuente: La Razón

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