El mapa territorial complica la investidura de Sánchez

Las elecciones del 26-M han tenido una suerte de efecto clarificador sobre el resultado de los comicios generales que se celebraron apenas un mes antes. «De cómo se resuelva el mapa territorial dependerá la investidura». Esta sentencia del entorno de Pedro Sánchez resume la ansiedad con la que se sigue la constitución de los ayuntamientos y parlamentos autonómicos. Una primera fase, la de la configuración del poder local, que marca la pauta a seguir o a evitar y los alineamientos políticos que, en algunos casos, han quedado meridianamente claros. La ronda de contactos que el candidato socialista arrancó hace una semana se saldó con un balance negativo, que no parece haberse corregido desde el plano municipal. El PSOE zanjó su primera batida de contactos hacia la investidura con los vetos de PP, Ciudadanos, Coalición Canaria y UPN. La entente entre los partidos de Pablo Casado y Albert Rivera se ha visto, si cabe, reforzada en la constitución masiva de consistorios, salvando casos excepcionales como el de Melilla. No parece que la formación naranja esté dispuesta a cambiar de aliados en el plano nacional y así se lo hizo saber a Sánchez con su rechazo.

Tampoco los nacionalistas canarios y navarros se decantan hacia el PSOE. Es más, aunque los socialistas facilitaron el gobierno de Suma Navarra en Pamplona; en la Comunidad Foral, María Chivite mantiene su convicción de ser investida con la abstención de Bildu, lo que colocaría a los dos diputados de UPN en el «no». En la misma frecuencia emiten desde Coalición Canaria. El PSOE les arrebató Santa Cruz de Tenerife, a pesar de ser la lista más votada, y en el gobierno insular se maniobra para ahormar una mayoría alternativa a los nacionalistas. Cegadas estas vías y tras departir con portavoces de todos los partidos menos de Vox y Bildu, Sánchez solo mantiene viva la expectativa de ser investido con los votos de los independentistas de ERC.

Sin embargo, este terreno es farragoso. El PSOE ya se vio atrapado en las arenas movedizas del independentismo en la pasada legislatura con el veto a los Presupuestos y ésta no parece que vaya a ser más estable. Como hito principal del próximo otoño se espera la sentencia del «procés», que amenaza con caldear los ánimos y replantear los apoyos. Tampoco el clima actual mejora las perspectivas. En Barcelona, los socialistas se han movilizado para favorecer la alcaldía a Ada Colau y evitar así que la Ciudad Condal acabara en manos de Ernest Maragall (ERC), que fue la fuerza más votada. A todo ello se suma que el Supremo haya decidió denegar el permiso a Junqueras para tomar posesión de su acta de eurodiputado, una decisión que desde el gobierno «esperan» que no frustre la abstención prometida.

La desconfianza no ha desaparecido ni tampoco el convencimiento de que no se puede depender de los independentistas. Desde el equipo negociador de la investidura se negaba toda ecuación que tuviera como variable que los políticos presos mantuvieran sus escaños: «No te puedes fiar, luego renuncian al acta antes de la investidura y te dejan sin margen de maniobra». Horas después, no obstante, se abrazaban a la abstención de ERC como un salvavidas. Esta estrategia errática de los socialistas tiene un punto claro: Sánchez está dispuesto a ir a una investidura a principios de julio tenga o no los apoyos para superarla.

Que Sánchez avance hacia una investidura fallida ahonda en su estrategia de presión a PP y Ciudadanos para una abstención y a Podemos para que renuncie a la coalición. La expectativa de una futura cita con las urnas no beneficia, a priori, a ninguno de los actores, porque el retroceso de sus socios preferentes lastraría a Sánchez y Casado, aunque avanzasen en votos. «Poner en marcha el reloj de la democracia», no obstante, imprimiría tensión a los tiempos: dos meses para formar gobierno con el verano de por medio. Hay voces que apuntan a que Sánchez buscaría una segunda investidura antes de agosto, en línea del deseo de Moncloa de tener gobierno antes «del estío profundo». Otras voces, ven más probable que en ese control férreo de los tiempos, se fuerce otro debate en septiembre, donde algunos actores ya sí reconsideren sus posiciones.

Fuente: La Razón

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