El mejor símbolo del pinchazo catalanista en la Diada de este año sería la cara de fastidio de Torra cuando en su ofrenda anual al monumento de Casanova unos bromistas hicieron sonar a todo volumen el himno de España mientras él intentaba cantar «Els Segadors». Todo su semblante reflejaba un hastío milenario, el tedio infinito de aquel que, por más que insiste, lo único que consigue es que sus paisanos se lo tomen a chacota. Sabotaje. Más de la mitad de los catalanes lo respetan tan poco que no ven inconveniente en gastarle bromas pesadas incluso en los momentos más sagrados. La debilidad de los líderes del independentismo, las promesas incumplidas que ahora se muestran como simples mentiras o delirios, las situaciones ridículas que se repiten una y otra vez, marcan el ceño de Torra con un gesto de fatiga, como si estuviera pensando que, de no ser por los casi diez mil euros mensuales que le van a seguir cayendo del cielo público mientras dure todo esto, quizá no valiera la pena seguir con la pantomima. Su poca convicción, su incomodidad, era tan patente que le costaba expeler el aire para cantar esos himnos del imaginario boy-scout que piden buenas cuchilladas nacionalistas. Cataluña parece, en días así, el escenario de una comedia italiana de Fellini, donde la mitad de una aldea se dedica a chinchar a la otra mitad con especial regodeo en ridiculizar a los señorones. Los que quieren seguir su vida sin que les molesten con banderas se encuentran con el fastidio de los comercios y servicios cerrados, debido a que los independentistas quieren celebrar su fiesta particular con el dinero de todos. Los nacionalistas que quieren que ese día se convierta en un clamor histórico ven con fastidio como pinchan en cifras y como, cuando quieren inflar la pechera, sus conciudadanos se mofan de ellos. Este año ha sido el más flojo debido a la división del independentismo y, aunque TV3 dedicara toda la tarde a intentar negarlo con su habitual proporción de analistas (cinco contra uno, viva la parcialidad), lo cierto es que a las seis y media se había acabado todo y el independentismo volvía a casa cabizbajo y llorón con la atemorizante sentencia del Supremo en el horizonte. Podría decirse que la consideración media del independentista puro está en este momento en la sociedad catalana al mismo nivel de cotización que el jipi de mercadillo de artesanía. Lo cual significa que es percibido como un personaje entrañable y local, pero al que no le confiaríamos nunca nuestra cartera de inversiones. El mejor reflejo puede encontrarse en el trasvase que se da de figuras (que antes encontrabas en la calle a pie de mitin) hacia los platós de TV3 desde donde, cómodamente y sin responsabilidad, filosofan ahora sobre la convocatoria. Son perfiles como el de Eulalia Reguant (qué gran ministra de Fomento Ojiplático se perdió ahí) dedicados a repetir el verbo «implementar» innumerables veces como si eso demostrara su capacidad política. En estas tertulias nunca falta un señor calvo que siempre resulta tener un amigo en Madrid.

Pero lo importante es esa sensación de depresivo fastidio general. Porque es tan anecdótico e inocuo el pinchazo de asistencia de este año como lo fueron los éxitos de multitudes de otros años (pura burbuja y espuma mediática). El independentismo luego se unirá en torno a la sentencia, sea cual sea el sentido de la misma. La unión, eso sí, durará un suspiro. Porque lo que de fondo está en discusión es el xenófobo reparto de los privilegios. Y ahí si que habrán buenas cuchilladas.

Fuente: La Razón

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