Génova culpa a Rajoy de la irrupción de Vox

Contra los pronósticos iniciales Vox se ha convertido en uno de los principales quebraderos de cabeza del PP en la campaña de las elecciones andaluzas. No lo van a verbalizar nunca en público, pero en su análisis interno en el nuevo PP responsabilizan al «marianismo» de la irrupción política del partido que dirige Santiago Abascal y de una quiebra del centro-derecha que les deja en herencia dos vías de agua, por el centro y por la derecha. En Génova entienden que los votantes de Vox son votantes desencantados del PP, y que el problema político tiene su semilla en la brusca ruptura de Mariano Rajoy con el «aznarismo» en el Congreso Nacional del PP de 2008, aquel cónclave en el que para superar su segunda derrota en unas elecciones generales el entonces líder del PP escenificó la apertura de una nueva etapa en la que enterró «al pasado», al «PP duro», y a partir de ese punto de inflexión fueron cayendo dirigentes muy vinculados al periodo de Gobierno de Aznar, como Ángel Acebes, Eduardo Zaplana, Jaime Mayor Oreja o María San Gil.

El líder de Vox creció políticamente dentro del PP al calor de estos «padrinos» políticos, y rompió con su partido al mismo tiempo que se consolidaba el «marianismo». En la nueva dirección popular creen que de aquellos «vientos vienen estas tempestades» porque ahí comenzó un distanciamiento con una parte del electorado más identificado con las esencias y con un discurso más político y firme en la defensa de los «principios y las convicciones» nucleares de la doctrina popular. Ése es el vacío que Pablo Casado cree que debe volver a ocupar, en un difícil equilibrio para que ese posicionamiento no le debilite a la vez por el lado del centro. En Génova justifican el endurecimiento del discurso en política de inmigración o en política territorial con la explicación de que no se trata de «endurecer», sino de «reforzar», y de decir lo mismo que siempre, pero más claro. El PP puede competir con el partido de Abascal hasta un límite, ya que hay barreras que si traspasa se vuelven en su contra tanto desde el punto de vista de la administración interna como en cuanto a su espacio electoral. Por ejemplo, en el caso del discurso territorial, a Génova ya han empezado a llegar avisos de dirigentes autonómicos que son críticos con un mensaje que incida demasiado en la recentralización. Este discurso no tiene venta en Valencia o en Galicia, pero tampoco en otros feudos más centralistas por tradición como Castilla y León. Ayer mismo, el presidente de esta comunidad, Juan Vicente Herrera, admitió en público su discrepancia con Casado y su idea de devolver la competencia de Educación al Estado. «Yo soy un perro viejo, llevo 27 años en la política autonómica en Castilla y León y aunque me tenga que ir con cierta desazón, no seré yo quien predique en mi organización política la recentralización de España», defendió Herrera en una comparecencia en La Moncloa, tras reunirse con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Casado ha tomado el control del PP en un momento en el que la cuadratura del círculo es extremadamente difícil tanto para conseguir convertirse en referencia de todo el voto a la derecha del PSOE como para incluso intentarlo sin generar graves tensiones internas. El discurso territorial es sólo un ejemplo de que el interés nacional del partido choca con el que mueve a los líderes regionales, que en meses tendrán que afrontar unas elecciones autonómicas y municipales en las que el PP no parte de una posición cómoda. Los dirigentes territoriales también han empezado a hacer sentir sobre Génova la importancia del resultado en las elecciones andaluzas del próximo domingo. El presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, aseguró que no cree que Vox entre en el Parlamento autonómico, pero advirtió de que es evidente que un mal resultado les pasaría factura.

Fuente: La Razón

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