La herida del 11-S sigue viva

La imagen de dos aviones estrellándose contra las Torres Gemelas de Nueva York una mañana soleada de septiembre inauguró el siglo XXI. Tenía todos los ingredientes exigidos a un guión cinematográfico: se ajustaba a la perfección a algo que muchos habían imaginado alguna vez. Un imposible que se hacía realidad. Ese fue el gran golpe de efecto del mayor atentado terrorista que se conoce: anteponer el impacto visual, la construcción de un nuevo icono de la cultura global, a los muertos. Nunca 2.753 muertos –incluidos los aviones que la misma mañana se estrellaron en el Pentágono y en Pensilvania– fueron tan silenciados por un espectáculo con grandes dosis de ficción, a pesar de que el 20% de los estadounidenses conocían a alguna víctima del 11-S, según «New York Magazine». Sin embargo, aquellos ataques ejecutados por Al Qaeda, la organización que lideraba entonces Bin Laden, provocó un nuevo capítulo del interminable conflicto en Oriente Próximo, pero que se ampliaba a Afganistán, Irak y Siria, además de abrir una guerra contra el mundo musulmán que se extiende hasta el Sahel africano, Nigeria, Somalia o Mozambique. Se ha acuñado el término «yihadismo» para denominar al islamismo violento. Europa se ha convertido en el campo de batalla de este nuevo ejército y ha sido víctima de atentos cruentos, en Madrid, Londres, París y, más recientemente, Barcelona. Que sea el objetivo más vulnerable precisamente por ser sociedades libres y menos vigiladas, no se corresponde con el número de víctimas. En más de 10.000 muertos se calculan las víctimas en atentados yihadistas en 2018, la mitad de ellos en Afganistán e Irak, seguidos de Siria (1.246), Nigeria (1.024) y Somalia (671). Algunos de estos atentados se cometieron con una crueldad que ha dejado el sello del Estado Islámico, un grupo que lidera ahora toda la violencia yihadista. El 10 de junio de 2014, 670 presos –en su mayoría chiíes– de la cárcel de Badush, en la ciudad iraquí de Mosul, fueron fusilados sin contemplación. Las imágenes de los ametrallamientos de las víctimas, que previamente habían sido arrojadas a fosas comunes, no es de fácil consumo en la iconografía que impuso el 11-S, fría y altamente tecnificada. Esta guerra no ha terminado.

Fuente: La Razón

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *