Las terrazas de verano, hostelería con una marcada identidad propia

El gusto es un saco permanente de sorpresas. La pasión por las terrazas se escenifica todos los días en busca de una mesa y la deseada sombra efímera e irrepetible. ‘Apatrullando’ el universo hostelero estival confirmamos que los pronósticos se cumplen de forma rotunda. Terrazas a rebosar de clientes que alcanzan ejercicios de satisfacción culinaria y empatía coctelera para desequilibrar de forma sensible el mapa hostelero al desmantelar el interior de los locales. Las terrazas se proponen – y lo consiguen- alumbrar la mecha estival. «Tots al carrer».

Las ciudades se convierten en un tablero de ajedrez formado por múltiples terrazas, donde bares y restaurantes dirimen sus diferencias al compás del gusto de los clientes. La gran dama del asfalto hostelero se propone – y lo consigue- alumbrar la mecha estival.

Aunque su capacidad, en general, está garantizada, en una minoría, por qué no decirlo, no queda acreditada un mínimo de calidad. No es difícil rastrear su influencia. Nos establecemos en una zona de nuevas terrazas compactas e impermeables, los pronósticos estivales se cumplen de forma rotunda. Terrazas a rebosar que desequilibran de forma sensible el mapa hostelero. Aunque el espíritu de raigambre gastronómica siempre ha impregnado su cometido, las nuevas terrazas se sumergen en los terrenos dominados por el duende nocturno.

Las terrazas de verano, avaladas por miles de clientes, resultan más que necesarias. Convierten en referencia hostelera lo que era solo una costumbre. Lideran la hostelería estival a base de oficio y consistencia, sin dar grandes titulares. Cautiva la alegría que se respira, su popularidad es unánime, junto al perseverante y discreto servicio profesional.

Aunque el planteamiento estratégico de mejorar continuamente es difícil de superar. La herramienta universal de la hostelería tradicional ha pasado a ser indispensable. De momento lo que hace veinte años era calificado como el cinturón rojo de la hostelería hoy es una de las áreas reservadas que marcan tendencia.

Nuestro gastrónomo de cabecera, Matute, cónsul del «terraceo estival», vive permanentemente en busca de la terraza ideal. En rigor, celebra un encuentro diario en plazas y aceras recónditas desde donde nos hipnotiza con sus aseveraciones.

Populares, de sombra deseada, genuinas, sofisticadas, exclusivas, primarias, hacen del equilibrio entre el continente y el contenido su sello. Como destino cotidiano favorito para cambiar de aires sus propuestas atienden a todos los gustos. La lección es clara: Hay que aceptarlas tal como son, con todas sus complejidades logísticas y contradicciones hosteleras. ¿Y el cliente? Cada uno decide.

Un soplo de aire fresco acelera la manera de ejercer el aperitivo, entender la sobremesa, vivir el tardeo y finalmente disfrutar de la nocturnidad estival. Las terrazas han revolucionado el mundo de la hostelería hasta convertirse en lugares de peregrinación que ganan adeptos, cotidianamente, de forma natural.

Terraceo de poniente, atardecer coctelero, pequeños paraísos de atmósfera particular, donde los buscadores de postales hosteleras tienen su observatorio ideal, en definitiva, plazas para todos los gustos y bolsillos que coronan una oferta ideal donde reina la armonía visual y la sensación de tiempo y espacio infinito.

De día, de noche, las posibilidades de aprovechar estas plataformas son infinitas. Tentaciones gourmets y cócteles inspiradores de sobremesas, sin fin, seducen por igual a profanos diurnos que a devotos noctámbulos.

La tradición hostelera atribuye al ser humano la capacidad de actuar sobre su entorno y cambiarlo. Las terrazas demuestran un deseo de no distanciarse de la realidad presente.

La moda hostelera tiene hambre del exterior en busca de estas islas, formada por sillas y mesas, que preservan la continuidad de las sobremesas.

Fuente;: La Razón

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