Mussolini sale de su tumba: el auge del fascismo en Italia

Una pancarta extendida por un grupo de estudiantes rezaba: «El fascismo no es una opinión». Los jóvenes se movilizaron ante la manifestación convocada ayer por el partido de reconocida ideología fascista Forza Nuova, que pretendía boicotear una conferencia del alcalde de Riace, símbolo de la acogida de refugiados, en la Universidad romana de La Sapienza. El regidor, Domenico Lucano, llegó escoltado por decenas de personas que le recibieron con el «Bella Ciao» a su llegada a la Facultad de Letras. En los pasillos quedó una multitud de estudiantes que no pudieron entrar en un aula repleta.

Por número, es evidente que el antifascismo se impuso. Pero las escenas vividas ayer en los alrededores de La Sapienza, un barrio bombardeado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y que conserva una fuerte tradición izquierdista, revelan el estado en el que vive el país. Daniele, estudiante de Física, decía que «antes de llegar Mussolini al poder, los fascistas también parecían un pequeño grupo, por lo que sigue siendo importante combatirlos hoy».

Democracia y autoritarismo

La concentración de los ultraderechistas de Forza Nuova fue prohibida por la Policía, pero aún así una veintena de sus integrantes se presentaron allí con sus banderas, pancartas y bengalas. Hubo algún momento de tensión por temor a que ambos grupos coincidieran, pero las fuerzas del orden cercaron a los fascistas y todo encontronazo quedó en un bofetón que uno de ellos le había propinado a un estudiante unos minutos antes.

Estas apariciones públicas, que nunca han desaparecido del panorama italiano no ocuparían páginas de la prensa internacional si no fuera porque se han convertido en parte del paisaje cotidiano. El domingo, también Forza Nuova acudió al Vaticano con pancartas en las que comparaban a Bergoglio con Badoglio, un militar italiano que relevó a Mussolini del poder y condujo al país a la salida de la Segunda Guerra Mundial. El desprecio por el Papa Francisco es otro de los elementos que caracterizan a estos movimientos radicales. La semana pasada otro grupo de neofascistas provocó altercados durante la reubicación de una familia de etnia gitana en un edificio de viviendas de Roma y hace un mes aficionados del equipo de fútbol de la Lazio desplegaron carteles en honor al «Duce» en la plaza de Milán en la que fue colgado para escarnio público. En ambiente preelectoral estos hechos se han multiplicado. La estrategia parece clara: hacer ruido para conseguir notoriedad. La apología del fascismo está prohibida en Italia, pero la respuesta que encuentran desde las instituciones a menudo es de inacción, cuando no de complicidad. El vicepresidente y ministro del Interior, Matteo Salvini, de la ultraderechista Liga, ha coqueteado en muchas ocasiones con estos colectivos. La semana pasada también hubo un fuerte revuelo cuando una editorial vinculada a Casa Pound, otro grupo orgullosamente fascista, intentó presentar un libro-entrevista de Salvini en el Salón del Libro de Turín, la fiesta literaria más prestigiosa del país. Finalmente, los organizadores lo prohibieron y el ministro del Interior condenó lo que consideraba un «ataque a la libertad de opinión». Las juventudes de Casa Pound también han estado presentes en numerosas manifestaciones de la Liga.

Siguiendo siempre las líneas maestras del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el dirigente de la Liga, Matteo Salvini, ha aprovechado todo este ruido para hacerse notar y después presentarse como víctima. Durante la campaña electoral ya disfrutó con el debate entre fascistas y antifascistas, mientras sostenía que eran ideologías agotadas. Ésa estrategia triunfó, pero ahora en el poder ve cómo surge una reacción social a un juego demasiado peligroso. Federico Finchelstein, historiador argentino de la New School de Nueva York, escribe en su libro «Del fascismo al populismo en la Historia» que «el populismo es un posfascismo para tiempos democráticos, que combina un compromiso limitado con la democracia y que presenta impulsos autoritarios».

Fuente: La Razón

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