
El arranque no fue auspicioso. Ni Don Juan Carlos, vástago de Franco para muchos, ni el presidente de Gobierno que heredó, Carlos Arias Navarro, eran garantía democrática para los comentaristas extranjeros. Bastantes demócratas españoles, muy numerosos en la izquierda, abrigaban dudas sobre las intenciones del monarca. Hubo comentarios jocosos de Santiago Carrillo y alguno hiriente del cínico Mitterand hacia el Rey. Cuando el monarca concedió una entrevista a la revista americana «Newsweek» de la que se desprendía que no estaba en sintonía con Arias hubo dudas y preguntas en el exterior: ¿abjuraba verdaderamente Juan Carlos del franquismo? La respuesta bastante clara vino en un cuidado viaje a Estados Unidos donde el Rey se puso de largo ante la comunidad internacional. El americano Kissinger había aconsejado que el camino a la democracia se hiciera sin prisas, pero el Rey, en sus manifestaciones a la prensa –desayunó con diez periodistas yanquis–, en sus conversaciones con el presidente Ford y en una intervención en el Congreso estadounidense, fue rotundo. Había sido invitado por los senadores jefes de los dos partidos en la Cámara y tuvo frases afortunadas: «la monarquía permitirá el acceso al poder a los partidos, según los deseos libremente expresados» y «la libertad es esencial al hombre para su plena realización como individuo». La Cámara lo despidió aplaudiendo y la prensa yanqui certificó su éxito: «España, un rey de nuevo peso» ( «Time»), «Juan Carlos menciona compromiso democrático» («Washington Post») y «Un rey para la democracia» («New York Times»). El eco estadounidense llegó a otros países aunque el nombramiento de Suárez hizo de nuevo, («¡madre mía, un franquista!») aflorar las dudas. Suárez no tardó en despejarlas y los periodistas extranjeros, muy numerosos entonces en España, empezaron a narrar que iba en serio. Legalizaba el partido comunista, ganaba unas elecciones, viajaba a Cuba, daba entrevistas y alentó una constitución democrática. Las revistas francesas «Le Point» y «L’Express» lo consideraban personaje del año y la omnipresente «Time» le daba una portada.
España estaba de moda en las publicaciones foráneas. El Rey y Suárez eran invitados a visitar medio mundo. En Iberoamérica arrasaban. Soy testigo. El político tenía, en la distancia corta, carisma, y el monarca impresionaba: buena planta, políglota y accesible a pesar de su rango.
Fuente: La Razón