O Marisquiño, la crisis que cerca al alcalde que galleguizó el populismo

Gobernar en una balsa de aceite. Sin sobresaltos, con una mayoría absoluta extemporánea y poco espacio para la discrepancia. Abel Caballero, que antes que alcalde fue diputado y ministro, dirige la ciudad de Vigo desde hace más de una década. La calma en la Arcadia de las Rías Baixas se quebró por completo hace justo hoy una semana. Una pasarela en el puerto se derrumbó en el momento en el que se celebraba un concierto del festival de música O Marisquiño. Fueron más de 450 las personas que resultaron heridas y únicamente el hecho de que ese día estuviera baja la marea evitó una tragedia de graves consecuencias. El cruce de acusaciones entre el consistorio de la ciudad y la Autoridad Portuaria ha situado al regidor, por primera vez en mucho tiempo, en la diana de las críticas. «El Ayuntamiento se encarga de las maderas», subrayó Caballero pocas horas después del accidente como parte de la estrategia municipal de lanzar balones fuera y vincular lo sucedido con un fallo estructural que trasciende la labor de mantenimiento encomendada a la administración local. En su reparto de culpas, tampoco ha dejado pasar la ocasión para afear al presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, no haber estado a la altura de la gravedad de esta crisis y que, por ejemplo, la noche del accidente no respondiera a sus llamadas. Hizo estas observaciones en su programa de televisión semanal «Vigo de cerca», en el que, al más puro estilo «Aló presidente», responde a las preguntas de los vecinos y ajusta cuentas con sus rivales políticos. En este mismo programa, emitido en el «prime time» del pasado jueves, Caballero narró su peregrinaje por los hospitales para visitar a los afectados del O Marisquiño y dejó una anécdota propia de otras latitudes: los padres de una niña herida de 13 años le confesaron que la pequeña se siente «muy abelista».

Sus explicaciones y justificaciones o el anuncio de que Fomento se hará cargo de la reconstrucción de la pasarela y de su entorno contrastan con el cerrojazo informativo que el regidor socialista ha decretado de puertas para adentro del Ayuntamiento. El grupo municipal del Partido Popular solicitó el pasado lunes el expediente del O Marisquiño. Una semana después, estos ediles siguen esperando para estudiar los informes y permisos previos a la organización del evento. Es ésta una muestra más del «desprecio» con el Caballero trata al discrepante, según denuncian desde la oposición, y que tiene otro ejemplo claro en los plenos municipales que el alcalde acostumbra a abandonar cuando les llega el turno de defender sus iniciativas a los demás grupos. Tiene margen para hacerlo: los 17 concejales que tiene el PSOE en un pleno con 27 asientos convierten en prescindible su presencia. Son «tics» de un populismo a la gallega que tras once años en el cargo impregna ya todos los ámbitos de la vida en la ciudad. Como cuando se enfunda el disfraz de telonero en los conciertos veraniegos que organiza el consistorio. O al encabezar la Cabalgata de los Reyes Magos repartiendo saludos y caramelos a los niños. O al inaugurar calles rehabilitadas con ceremonias en las que no falta un piano de cola para poner el fondo musical. Tras este decorado, sin embargo, se esconde una gestión con sombras. Los vigueses pagan los impuestos más elevados de Galicia, pese al remanente de 100 millones de euros con el que cuentan las arcas municipales. La pérdida de población se ha acelerado. También la huída de empresas, con 400 menos en los últimos siete años. El Auditorio de la ciudad se encuentra en quiebra y, ahora, el Ayuntamiento se enfrenta al riesgo de una indemnización cercana a los 80 millones de euros. La ciudad continúa sin plan general de Urbanismo desde que a principios de la legislatura la Justicia lo tumbara. Y el mal estado de infraestructuras como el estadio de Balaídos quedó retratado con el polémico partido contra el Real Madrid que él mismo ordenó suspender en 2017. En este contexto, la crisis del O Marisquiño se ha cruzado de improviso en un camino que Caballero intuía relajado hasta los comicios municipales de 2019. De momento, decenas de denuncias de los heridos en el festival podrían poner contra las cuerdas a su Gobierno.

Fuente: La Razón

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