Paisaje de madrugada tras la última batalla y antes de la guerra

Barcelona a las tres de la madrugada duerme. La noche, otra más, ha sido tensa. La “gent de pau” se ha retirado a descansar. Están convocados a las 7.30 de la mañana para volver a protestar y colapsar Cataluña, capital incluida, por la convocatoria de una huelga general de un sindicato que prácticamente no tiene representación. No todos están en su casa. Las brigadas de limpieza y la policía municipal, que en estos días funciona como grupos de apoyo a estas brigadas, intentan poner orden en el centro de la ciudad.

Las barricadas todavía humean y el centro de la ciudad está cortado. El Paseo de Gracia, la calle Aragón y la calle Balmes están intransitables. Los restos de las barricadas impiden el tráfico. La Rambla de Cataluña luce fantasmagórica los restos de la batalla campal de esta última noche que anticipan un día complicado. Las otrora terrazas son amasijos de hierros mezclados con la basura quemada de los contenedores. En algunas calles, todavía no ha dado tiempo de retirar las barricadas.

La Delegación del Gobierno sigue blindada rodeada de furgones de la Policía Nacional. La sede de la Consejería de Interior en el Paseo San Juan está cerrada a cal y canto. Sólo un coche de los Mossos monta guardia ante la gasolinera cercana que estuvo a punto de provocar una desgracia en las noches de fuego y violencia que vive la ciudad en estos días. La protesta contra la sentencia del 1-0 ha convertido la ciudad en un festín para todos aquellos que aprovechan cualquier ocasión para sembrar el caos. Unos los llaman infiltrados, otros antisistema o anarquistas. Los más los ven simplemente como unos vándalos.

La Plaza Artós, dónde ayer comenzó todo, dormita silenciosa. Apenas una pintada recuerda que esta noche se encendió la mecha en esta plazoleta del barrio de Sarrià. Allí independentistas y fascistas se dijeron de todo. Luego pasaron de los gritos y los insultos a las manos. Más tarde los independentistas volvieron a campar a sus anchas con sus convocatorias a través de las redes sociales.

Fuente: La Razón

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