Rivera subasta el voto de Cs

La campaña electoral de Albert Rivera durante el ciclo que se inició a principios de abril y concluyó el pasado domingo puede dar algunas claves de la política errática e incongruente de Cs. La hiperactividad que desplegó, el histrionismo en el fondo y en la forma, algunos gags teatrales –exhibir infantilmente fotografías y papeles– mostraban precisamente una carencia que el partido naranja arrastra desde que desembarcó en la política nacional en las elecciones legislativas de 2015. La inconcreción política es notoria, aunque siempre maneja sus votos con un agudo sentido de la rentabilidad para sus intereses de poder, lo que luego no es recompensado en las urnas. De querer ser un partido de centro clásico y de inspiración socialdemócrata, se declaró de la noche a la mañana liberal –sin pasar por la «tercera vía», lo que hace más difícil la acrobacia–, y de partido bisagra aspiró a superar al PP. No lo consiguió en las generales del pasado 28 de abril y, a pesar de ello, se adelantó en autoproclamarse líder de la oposición. Sin embargo, tras las elecciones europeas, autonómicas y municipales no ha podido ratificar sus posición de segundo partido del país, sino que ha caído en votos y cargos electos –muy llamativo es el descenso en Cataluña–, lo que limita mucho esa capacidad de ser determinante que ahora vuelve a poner encima de la mesa. La creación de un llamado comité de negociación, tal y como anunció ayer, para estudiar caso a caso los gobiernos autonómicos y municipales en los que sus votos pueden hacer caer el gobierno hacia un lado u otro, demuestra que entramos en una subasta en la que se irán compensando las piezas cobradas. Cs tiene la llave en comunidades como Madrid, Aragón, Castilla y León y Murcia y en una veintena de ayuntamientos (Zaragoza, Alicante, Málaga, Palma de Mallorca, Salamanca, Burgos…). Sin embargo, no sabemos bajo qué criterio optará por el PSOE o por el PP, aunque si puede, Cs se quedará con el cargo. Para entender esta posición hay que partir de un hecho irrefutable que ha quedado demostrado en las pasadas elecciones: Rivera no ha conseguido que su partido sea la primera fuerza en comunidades y ayuntamientos importantes, pero quiere que sus votos decidan. Es una posición que muestra sus propias carencias como partido, porque sabe que su crecimiento es difícil, que ha llegado a un nivel en el que no podrá conseguir más votos del electorado del PP, siendo Cs, además, un partido que está situado en el centroderecha. Ese juego de ambigüedad ideológica, de ser incapaz de marcar un territorio propio, con un programa claro, es una limitación. El oportunismo estratégico que define al partido naranja es su peor enemigo. Existe la posibilidad de que Rivera apoye a Ángel Gabilondo para la presidencia de la Comunidad de Madrid –pese a mantener políticas fiscales diametralmente opuestas–, construyendo una mayoría suficiente en segunda votación (37, PSOE; 26, Cs), pero debería explicar, insistimos, bajo qué criterio puede hacerlo, como ayer adelanto la portavoz Inés Arrimadas, al plantear que no había vetos previos a los socialistas ni a Vox. Que no haya vetos está muy bien, pero la diferencia entre las formaciones citadas son abismales. Cs huye de la fotografía de Colón, una digna imagen que la izquierda ha estigmatizado y Sánchez convirtió en un lema de campaña, pero de la que Rivera no debería rehuir. Después de todo, les guste o no, Cs gobierna en Andalucía con el PP y el apoyo de Vox.

Fuente: La Razón

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