Tres raíces para una idea

El debate sobre la renovación del PP remite a su propia naturaleza como agrupación de las derechas españolas, hecho que se produjo en el congreso de Sevilla de 1990. Podría decirse que, tras un largo camino de casi dos siglos, se reunían en una sola organización las raíces históricas fundamentales de esa derecha que había asumido la democracia: la liberal-conservadora y la democristiana, a la que se sumó la tecnócrata, fraguada en la década de 1950. Entre medias, quedaban etiquetas de grupúsculos.

La democracia cristiana en España no ha tenido suerte. El catolicismo político se fraguó al hilo del antiliberalismo del papa Pío IX, que caía sobre un tradicionalismo arraigado en el norte, atado a la tríada de Dios, Patria y Rey, aferrado a costumbres, reacio a la modernidad y al mestizaje, que a finales del XIX derivó hacia los nacionalismos vasco y catalán. No se consolidó la deriva republicana y cristiana, conservadora y democrática, aquella que, como escribió Carmen Llorca de forma voluntariosa, había iniciado Emilio Castelar y llegado hasta Alcalá-Zamora.

La CEDA de Gil Robles fue otra cosa. Hundía sus raíces en la doctrina social de la Iglesia del papa León XIII, mezclando corporativismo, catolicismo social y conservadurismo, y adoptó, en medio del descrédito de la democracia liberal, las formas de los partidos de masas. No era fascista, como señaló la izquierda, sino una derecha masificada, quizá la primera reunión en una organización de todas las facciones derechistas del país.

El proyecto partió de un sector de laicos católicos, dirigidos por Ángel Herrera Oria, motor de la ACdP y del periódico «El Debate», que acató la República. Gil-Robles lideró una confederación contrarrevolucionaria y posibilista, con Acción Nacional y luego Acción Popular, que inició alianzas con partidos regionales que cristalizó en la CEDA. Propugnó una política de centro con el Partido Radical de Alejandro Lerroux, pero fracasó por la escalada violenta de partidos y sindicatos, la actitud del Presidente de la República, la deriva de las Juventudes de la CEDA, y la falsa victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936. Luego, Gil-Robles, siempre opuesto al franquismo, apostó por la restauración de la monarquía y evolucionó hacia posturas democristianas similares a las europeas de la década de 1960. Más a la izquierda quedaban Joaquín Ruiz-Giménez y Oscar Alzaga, que intentaron fusionar sin éxito fórmulas socialdemócratas con los principios cristianos. Tuvieron su hueco en UCD, otros en Alianza Popular, pero perdieron discurso, identidad y espacio político.

La tecnocracia surgió en España en la década de 1950 vinculada al franquismo y al Opus Dei. No fue un fenómeno exclusivamente español, como señaló Fernández de la Mora. El propósito era fomentar el progreso de las clases medias, que, en consecuencia, se harían conservadoras. Lo importante era el fomento de la economía, la buena gestión de las cuentas públicas, la liberalización y el desarrollo. La propiedad y la familia eran entendidos por los tecnócratas como valores básicos en el progreso general y la paz social. Fueron los López Rodó, Antonio Carro, o Manuel Fraga, fundador de Alianza Popular y primer presidente de honor del PP.

El liberalismo conservador, tercera raíz del centro-derecha español, puede datarse de aquellos planteamientos de Jovellanos ante las Cortes de Cádiz para un gobierno mixto que diera cabida a lo nuevo sin perjuicio de la tradición; es decir, combinar institucionalmente los intereses y grupos del Antiguo Régimen con los liberales y burgueses. Ese espíritu, tras exclusivismos, revoluciones y reacciones, no se recuperó hasta la década de 1830, en la que juristas como Pacheco, Rios Rosas, Pastor Díaz o Borrego, pensaron en un régimen representativo como el «justo medio».

La primera manifestación de ese liberalismo-conservador, esa libertad con orden, esa sociedad abierta aunque todavía no democrática, fue la Unión Liberal del general O’Donnell. Sin éxito entonces, fue Cánovas quien consiguió articular un pensamiento de gobierno fundado en el doctrinarismo francés, el conservadurismo inglés y el liberalismo español, tolerante con el adversario, y defensor del parlamentarismo y el Estado de Derecho.

La crisis del liberalismo-conservador se produjo con el cambio de siglo. Francisco Silvela no supo actualizar el ideario al aferrarse a un regeneracionismo vacío e inconsecuente. Antonio Maura, luego, trató de incorporar a principios del siglo XX ideas corporativas, estatistas y nacionalistas que propiciaron aún más el fraccionamiento de la derecha, en medio de una corriente occidental antiliberal y autoritaria abierta en 1931 y que no concluyó hasta el fin de la dictadura de Franco.

La Transición abrió un nuevo periodo para la derecha. La UCD no fue un partido al uso, sino una solución para implantar la democracia. Liderada por Adolfo Suárez, que procedía del Movimiento Nacional, reunió fuerzas democristianas, socialdemócratas y liberales. A la derecha quedó Alianza Popular, con tecnócratas y conservadores. El hundimiento de los ucedistas brindó la oportunidad a los de Fraga de recoger el voto de la derecha española.

En un largo proceso iniciado en 1982, con el triunfo arrollador del PSOE, y concluido en 1990, en el congreso de Sevilla, se refundó la organización con el nombre de Partido Popular, liderada por José María Aznar, asumiendo las tres raíces históricas de la derecha española. En los últimos tiempos, con la democracia cristiana desaparecida, el liberalismo-conservador ha sido desplazado por la tecnocracia, que prima la gestión de la economía como valor político frente a las proyectos de la izquierda y de los populismos nacionalista y socialista. No será el último viaje.

Fuente: La Razón

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