Tusk deja herida de muerte la oferta de May para el Brexit

Un veterano reportero de la BBC resumía con concisión y humor negro el resultado final de la cumbre que reunió hasta ayer a los jefes de Estado y de Gobierno de los 28 en Salzburgo: «May ha venido tirándose un farol: o mi plan o nada. Y Europa, por desgracia para ella, no se lo ha creído». Y lo cierto es que a juzgar por el tenor de las cargas de profundidad que lanzó Donald Tusk, presidente del Consejo, durante la rueda de prensa de clausura, este lacónico resumen no parece muy alejado de la realidad. El polaco elevó la presión sobre la británica al rechazar categóricamente el «plan Chequers» (Brexit blando) y al alertar sobre un colapso de las negociaciones con la UE a menos que se presente una solución para los problemas que plantea la frontera con Irlanda del Norte en octubre. El problema viene cuando se tiene en consideración que la primera ministra ya ha dicho que no podrá cumplir con esa fecha límite.

Tusk hablaba con todo el respaldo de los dos grandes pesos pesados de la Unión Europea, Alemania y Francia. La canciller Merkel afirmó sin ambages en sus conclusiones tras el cierre de la cumbre que «todos habían estado de acuerdo en que no se podría alcanzar en ningún caso ningún compromiso que hiciera peligrar el mercado único y que, por lo tanto, Michel Barnier debe llevar a cabo las negociaciones en base a este principio irrenunciable».

Por su parte, el presidente Emmanuel Macron movió ficha entre bambalinas para convencer al resto de líderes europeos de que mantengan un enfoque duro hacia Reino Unido en respuesta a las presiones de May para que Bruselas ceda. «El Brexit nos enseña –y respeto completamente la soberanía británica al decir eso– que aquellos que decían que se podría salir fácilmente de Europa, que todo iría bien, y que habría montones de dinero para todos, eran unos mentirosos», sentenció.

La nota discordante –no podía ser de otra manera– la dio el líder húngaro Viktor Orban, que se enfrentó con Macron en temas relacionados con inmigración y que afirma estar cada vez más cerca de aglutinar una mayoría de Estados miembros que hagan oposición a un «campamento de primeros ministros» que creen que «los británicos deben sufrir». «No me gusta ese enfoque en absoluto», dijo.

Un «plan» muerto o en coma

Sea como fuere, Tusk confesó ser «un poco más optimista» de lo que era antes de llegar a Salzburgo, aunque se apresuró a decir que no está en condiciones de excluir la posibilidad de un Brexit sin acuerdo alguno. Las libertades europeas y el mercado único son intocables lo que hace de Chequers un plan, sino muerto, al menos en coma profundo. En cuanto a las fechas, se mantiene el Consejo de octubre como fecha (en principio) límite para la consecución de un acuerdo pero se manifestó la voluntad de convocar una nueva reunión extraordinaria en noviembre si fuera necesario.

Por lo demás, a lo largo del día de ayer Theresa May se negó en redondo a ceder a la presiones que fue recibiendo para dilatar en el tiempo la salida de Reino Unido de la UE, prevista para el 29 de marzo de 2019. Si Bruselas no cierra un acuerdo con Londres habrá un Brexit duro mal que le pese a ambas partes, fue el mensaje que propaló la líder conservadora.

La sugerencia de que se retrasase la fecha de salida vino de la primera ministra escocesa Nicola Sturgeon, y May aprovechó la ocasión que le brindaban para aumentar la presión del lado europeo de la mesa de negociaciones, que teme las consecuencias de una salida no pactada de Reino Unido de un mercado común en el que lleva insertado décadas. «Todos reconocemos que el tiempo apremia, pero extender o retrasar estas negociaciones no es una opción», dijo la «premier».

May mantuvo ayer dos cruciales reuniones con el presidente de Irlanda, Leo Varadkar, y el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, pero avisó: «La idea de que yo pueda estar de acuerdo con una separación legal entre dos territorios aduaneros en Reino Unido no es creíble».

Para comprender el baile de declaraciones y el tira y afloja de las posturas es preciso recordar que la cumbre de Salzburgo ha sido de naturaleza «informal», es decir, se trata de una reunión en la que no hay documentos en negro sobre blanco encima de la mesa ni tampoco un texto con las conclusiones del encuentro firmado por los 28 jefes de Gobierno y Estado presentes. El objetivo de la cumbre ha sido establecer los «contornos» y «líneas fundamentales» en los que se moverá el texto que presumiblemente se aprobará oficialmente en la cumbre programada para mediados de noviembre.

Tres fueron las prioridades expuestas por May durante la cita: mantener los lazos económicos, asegurar que las promesas realizadas a Irlanda del Norte se mantienen y que las relaciones de seguridad y defensa para hacer frente a amenazas comunes a ambos lados del Canal de la Mancha no se vean afectadas por el Brexit.

La cuestión de Irlanda

En los pasillos de la cumbre se rumoreó que Reino Unido puso ayer encima de la mesa nuevas ideas para efectuar controles fronterizos en Irlanda que desbloqueen la consecución de un acuerdo. El anfitrión austriaco, el primer ministro Sebastian Kurz, trató de calmar el clima de diálogo poniendo al mal tiempo buena cara y diciendo que «más allá de declaraciones altisonantes a los medios de comunicación creo que ambas partes son muy conscientes de que solo se llegará a una solución si nos movemos el uno hacia el otro para converger».

Con estas palabras intentó contrarrestar la atmósfera luctuosa que iba asentándose a medida que fue progresando el día, atmósfera a la que contribuyeron las cándidas declaraciones del presidente checo Andrej Babis y del primer ministro maltés, Joseph Muscat, quien dijo directamente que era «casi imposible» que finalmente se llegara a un acuerdo.

Fuente: La Razón

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