Un aniversario «de bandera»

Cuando Antonio Valdés y Fernández Bazán presentó a Carlos III el conocido cuadro de doce proyectos elaborado por los pilotos duchos en dibujo de la Secretaría de Marina, se estaba abriendo a los colores simbólicos, poco resaltados anteriormente por ser el blanco borbónico tan poco visible y llamativo. Mero soporte neutro de un ostentoso escudo. Los colores españoles fueron aceptados y entendidos unánimemente por la generalidad sin que hubiese necesidad de explicación, y supusieron tal novedad y éxito por lo acertados históricamente y lo bello y útil a los efectos identificativos buscados de la combinación, que acabaron por prevalecer sobre los archiconocidos blasones. Colores que adquirían su plenitud simbólica en la «bandera de guerra» con la adición de las armas reales resumidas, enseña donde radicaba la expresión plena de la soberanía, mientras que la bandera «merchante», diferente en su diseño y carente de escudo, era más bien una mera, pero necesaria, identificación.

El ilustrado Antonio Valdés no había caído en su momento en la cuenta de que agrandando el fondo central del paño se podía mostrar mejor el escudo, y todos sus proyectos ocupaban lo que la anchura que la sección central permitía en las nueve posibilidades listadas. Esta medida pragmática se adoptó por el Decreto creacional de 28 de mayo de 1785, dando finalmente lugar al paño que hoy caracteriza a la bandera vigente que cuenta, sin embargo, con un escudo diferente, el de los cinco reinos: Castilla, León, Aragón, Navarra y Granada, concesión heráldica al adoptado por el Gobierno Provisional y la I República, como concesión cromática había sido la adopción de los colores tradicionales carolinos que consagraba la Constitución de 1978 a la tradición monárquica española. Ejemplo visible de un consenso ejemplar.

De la Armada al Ejército

La fuerza expansiva de la nueva bandera fue enorme. Pensada primero para las unidades a flote, las instalaciones de la Armada en tierra también la adoptaron, así como las embarcaciones fiscales y sanitarias. Valdés, ilusionado, escribió a su homólogo, el secretario de Guerra, para ver si el Ejército se sumaba. No lo hizo en ese primer momento, pero algunas unidades de voluntarios durante la Guerra de la Independencia y más tarde la Milicia Nacional sí lo hicieron.

Conmemoramos estos días una decisión trascendente de hace 175 años que permitió transmitir a todo el Ejército los colores nacionales de uso exclusivamente marítimo hasta entonces: el Real Decreto de 13 de octubre de 1843 por el que se determina que las banderas y estandartes de todos los cuerpos e institutos que componen el Ejército, la Armada y la Milicia Nacional sean iguales en colores a la bandera de guerra española. No es del todo exacto afirmar que con esta norma se hiciera extensivo el uso del pabellón naval a todo el Ejército, ya que, aunque los colores se transmitieron en forma listada y en el mismo orden, la anchura de las franjas volvía a ser igual, como el proyecto naval primitivo. Las unidades no tenían las mismas exigencias de visibilidad del medio marítimo y, por otra parte, deseaban tener algún elemento diferenciador, por lo que el escudo partido y en óvalo naval se sustituyó por lo que hasta entonces se había usado como «escudo pequeño» con el añadido de unas aspas acoladas en recuerdo del motivo más común de sus múltiples enseñas. Ni siquiera las dimensiones podían ser las mismas, porque a cada porte de buque correspondía un tamaño de bandera.

Símbolo de la monarquía

Una medida que al Gobierno Provisional de 1843 parecía tan necesaria que no pudo por menos que manifestar su sorpresa por no haberse tomado con anterioridad: «Siendo la bandera nacional el verdadero símbolo de la monarquía española, ha llamado la atención del Gobierno la diferencia que existe entre aquella y las particulares del ejército». La extensión de la cromática y significado a las unidades y dependencias del Ejército de la que se declara «bandera nacional» en el propio Decreto, fue acatada pero, en buena medida, incumplida. Sería la tricolor de la II República el primer diseño único y de aplicación general, seguida por las cronológicamente posteriores.

Este paso fue de gran importancia para que un símbolo, naval y luego militar en general, pasase al acervo popular y a la administración pública. El fenómeno se produjo en el primero de los casos con gran espontaneidad y en el castizo reinado isabelino se poblaron los balcones de bicolores en los días de júbilo, damas y manolas los lucían en sus abanicos, mientras se procesionaba –procesiones cívicas o religiosas- con un símbolo hasta entonces solo castrense. La Administración también se adaptó y los grandes escudos pétreos colocados sobre el dintel de los edificios de sus diferentes ramos, así como de las legaciones y embajadas del exterior, se acompañaron de «banderas enarboladas como pabellón», en clara referencia al origen naval que mostró la forma de endrizarlas, porque, como señaló la exposición de motivos del decreto de 1843, constituía un auténtico símbolo histórico respecto al que cualquier supresión o aditamento posterior resultaría partidista.

Fuente: La Razón

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